El hombre sin sueños


Se ganaba la vida de una manera poco común. Su oficio consistía en dormir. Dormía para unos caprichosos científicos que le pagaban por ello. El Centro, en donde vivía, era un edificio gris a las afueras de la ciudad como un hospital de varias plantas, con laboratorios, pacientes, animales, estudiantes. Era muy popular en su trabajo, todo el mundo le sonreía y las chicas lo miraban de arriba abajo. No podía tocar a las estudiantes, pero le daba igual, tampoco salir al exterior, era lo que decía su contrato. Un complejo e invisible sistema de vigilancia, microchips internos incluidos, daba cuenta a sus jefes de todos sus movimientos. Mientras, día tras día, su cuenta bancaria engordaba, y él tocándose las narices todo el día. Su única ocupación era dormir en La Máquina. La cavidad que le acogía era estrecha, completamente oscura cuando se cerraba, tenía un sinfín de contactos desagradables para su piel, sobre todo en su cabeza afeitada al cero, completamente cubierta de ventosas y cables, y muy fría. Los médicos bajaban la temperatura de su cuerpo a 20ºC, una semihibernación. Él se introducía cada noche sin ropa, permaneciendo en su interior de ocho a nueve horas. El resto de la jornada le estaba prohibido, incluso, la más pequeña de las siestas. Los científicos querían todos los sueños para La Máquina, que ocupaba con sus pantallas, ordenadores y circuitos, fuentes de alimentación y personal la totalidad de la última planta. Fuera de ese período de obligación lo trataban a cuerpo de rey. Tenía a su disposición jardines, piscina, sauna, biblioteca, salón audovisual… hasta un pequeño bar, con billar, donde recibía a sus visitas personales.
El durmiente poseía capacidades inconcebibles para la gente corriente. Jamás tenía pesadillas, sólo imágenes e historias agradables. Le era posible elegir el contenido de sus sueños y dirigir los desenlaces de sus aventuras a su antojo. Sabía despertar cuando quería y volver al mismo sueño. Podría viajar a cualquier sitio y poseer a cualquier mujer. En sueños era Dios, creador y dueño de los destinos.
Un buen día, malo para sus jefes, el profesional del sueño se levantó con gripe. Eso le libraría de La Máquina por lo menos durante una semana. En esas condiciones era imposible someterlo a un descenso de la temperatura corporal. Los científicos rabiaron, patearon, hablaron de pérdidas cuantiosas, pero tuvieron que consentir, no querían matar a su gallina de los huevos de oro, que una mala pulmonía los dejara sin experimento.
“Ahora sí, ahora si puedo descansar de La Máquina, y dormir cuanto y como yo quiera”, se decía eufórico nuestro amigo. Eran ya dos largos años sin poder adoptar su postura favorita: En el suelo, desnudo, sentado sobre sus nalgas, con la cabeza gacha entre las rodillas, abrazando sus piernas. Sin ningún tipo de horario. Viajando a otros mundos, sin que nadie lo molestara. Ya despertaría él cuando los virus gripales se hubieran aburrido.
Nadie pudo despertarlo jamás, ni saber en que maravilloso mundo andaría. Día tras día, pese a la alimentación artificial, su carne se consumía y si no lo ataban volvía a convertirse en un ovillo. Todo fue inútil, ni drogas, ni cirugía, fue imposible volverlo al estado de vigilia. Esperamos que despierte antes de morir. Debe ser muy desagradable despertar y darse cuenta uno de que se lo están comiendo los gusanos.
Escrito por Enrique Ciller

Comentarios

  1. Hace ya unos años en una galería de arte vi una exposición, piezas de madera que cambiarían mi forma de sentir la escultura. Esta obra surge de la admiración a aquel escultor ,Amancio González.

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  2. eres grande charly...muy grande!!!! SALUD.KE+DA.

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